REHENES DE NUESTRO PASADO


Hay días que no se olvidan y semanas que se recuerdan toda la vida. Como el primer beso, el aroma de ese amor que acabas de descubrir, tu contacto iniciático con el alcohol, descubrir que siempre habrá otro más listo y fuerte...

Hay que ver cómo marca la primera noche que duermes fuera de casa. O esa puesta de sol, que no imaginabas así, porque no la imaginabas de ninguna manera. Y, sobre todo, no la imaginabas acompañado.

El primer baile con una chica, tus inicios como politólogo, acodado a la barra de un bar, inaugurando tu nuevo yo. Y qué decir de ese día en el que descubres que te gusta soltar tacos. Que unido a que te interesas por la política, es la caña.

Yo, cuando me aburro, suelo hurgar en la memoria y entonces pienso en aquellos días que no olvido. Y cuando ha pasado un rato me reconcilio con mi suerte.

Porque los recuerdos reconstruyen tu vida y te das cuenta de que está hecha de momentos buenos y otros que permanecen, aunque los quisiéramos olvidar.

Dispuestos a aparecer en cualquier momento. Y es que todos, para bien y para mal, somos rehenes de nuestro pasado. El truco está en saber llevarlo.

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